Hay personajes que, en su momento, resultaron tener una gran fama, pero que en la actualidad los conocemos más de manera tangencial por otros autores que por sus propios escritos. La historia de la humanidad está llena de ejemplos de esto. Un caso muy particular es el de Gorgias de Leontinos, quien, al menos en nuestros días, es mucho más conocido por los Diálogos de Platón (específicamente el que lleva su nombre), que por los pocos escritos y pensamientos que nos quedan de uno de los sofistas más importantes de su época. ¿Quién fue realmente este personaje? En las siguientes líneas abordaremos algunos de los puntos más importantes sobre su vida.

Proveniente de una familia de personas dedicadas a la ciencia, Gorgias nació en la Magna Grecia (localidad que está ubicada al sur de Italia), en Sicilia, específicamente en el demos de Leontinos, en el año 485, en el clímax de una de las batallas más importantes del mediterraneo en la antigüedad: las Guerras Médicas, entre los griegos y los persas.

Es bien sabido que Gorgias fue alumno del famoso filósofo Empédocles de Agrigento, quien planteó que la materia estaba compuesta principalmente por cuatro elementos, además de que siempre defendió una postura de una argumentación racional antes de fijar posturas sobrenaturales.

Junto con Protágoras y Pródico, Gorgias fue considerado como uno de los primeros sofistas (personal especializado en la enseñanza particular de saberes como la retórica y la oratoria) y, según cuenta Platón, el leontinese era famoso por responder cualquier pregunta y, además, de hacerlo con particular síntesis.

Es considerado por algunos como el padre de la retórica, lo cierto es que además de crear su propio estilo (el cual estaba cargado de figuras retóricas), también es considerado como el creador de la prosa artística.

Además de ser un prolífico rétor, fue autor de piezas magistrales como el Encomio a Helena o la Defensa de Palámedes, además del tratado Sobre el Ser, cuyo corazón radica en el postulado de que nada existe, en caso de existir sería incognoscible; en caso de poder conocerse, sería incomunicable.

El autor, quién fue maestro de Isócrates (el logógrafo más importante de la antigüedad), murió a los 109 años de edad.