Al ir a un museo y ver que tienen algún busto en mármol de algún filósofo, es imposible no notar su expresión rígida, seria e inflexible, que nos hace pensar que las personas que se dedican al “amor a la sabiduría” son callado e introvertidos; sin embargo, la realidad es considerablemente diferente. Basta revisar la historia antigua para ver que hay pensadores que no sólo se hicieron populares por sus pensamientos y escritos, sino también por algunos detalles de su vida personal, muchos de los cuales nos hablan sobre un lado más íntimo e interesante.

Un ejemplo de estos filósofos peculiares de la antigüedad clásica es Sócrates, el maestro de Platón, padre de la mayéutica y uno de los pensadores más influyentes en la historia de la humanidad, quien también se hizo famoso por las relaciones amorosas que sostuvo con varios de sus alumnos. El caso más particular fue con Alcibiades, sobrino de Pericles de Atenas y una de las piezas clave de la Guerra del Peloponeso.

Otro de los detalles interesantes es la relación que tenía Sócrates con Jantipa, su esposa, quien lo mandaba al ágora, puesto que sus constantes preguntas la aturdían hasta el fastidio, aspecto que le dijo que se llamara tábano o mosquito.

Aunque aún hay un gran debate entre si sólo fue un matemático o no (incluso si existió o no), Pitágoras de Samos, a quien se le atribuye el teorema que lleva su nombre, se popularizó por los mitos que se generaron alrededor de su figura, como que tenía una pierna de oro o que era capaz de teletransportarse, según comenta Diógenes Laercio.

Una historia un poco más triste es la se Séneca, filósofo romano que también fue preceptor del emperador Nerón, pero que por la paranoia del emperador, le ordenó suicidarse, a lo que terminó realizando el pensador.